Mitos y realidades en torno a
la violencia doméstica
Los y las profesionales de la salud, como cualquier integrante de una determinada comunidad, tienen ciertas creencias, mitos y tradiciones relacionadas con las mujeres, el matrimonio, la familia y la violencia, algunos de los cuales les impiden tomar conciencia de la gravedad del problema y reconocer su responsabilidad como personas comprometidas con la salud y con la vida.
Los mitos sobre la violencia contra la mujer pueden justificarla, minimizar su importancia y usarse como excusa para no tomar acción. Muchos refuerzan la creencia de que la culpa de la violencia es de la mujer, por lo que interfieren con la voluntad de proveer asistencia a la paciente.
Mito: La conducta violenta es innata en los hombres
Realidad: Existe la creencia de que los hombres violentos no se pueden controlar y ejercen violencia porque simplemente “son así.” En realidad, se puede notar que no son violentos con todo el mundo, ni en todas las situaciones. Por lo tanto, se considera que la violencia es una conducta que se aprende a través de los mensajes sociales y familiares, como una manera de resolver conflictos.
Mito: Es perfectamente normal que un esposo golpee a su mujer en ciertas circunstancias.
Realidad: La violencia es una violación a los derechos humanos de las personas. En ninguna circunstancia se tiene derecho de abusar de otra persona. Si bien es cierto que los conflictos provocan coraje, la violencia no es la única manera de expresarla, y dista mucho de ser la más adecuada.
Mito: Las mujeres que son o han sido golpeadas “se lo han buscado”.
Realidad: Aunque la conducta de una mujer provoque enojo en su pareja, esto no justifica el que sea maltratada. La conducta violenta es responsabilidad absoluta de quien la ejerce.
Mito: La mayoría de las veces las mujeres que dicen ser víctimas de violencia, lo que tienen es un desorden psiquiátrico.
Realidad: Si bien es cierto que algunas mujeres sufren de desórdenes de esta naturaleza, en la mayoría de los casos un diagnóstico psiquiátrico desacreditará a la mujer que se atrevió a contar su historia de abuso. Esto es algo a lo que deben estar alerta los(as) profesionales de la salud, ya que la tendencia a buscarle explicaciones médicas a todas las conductas (medicalizar) y dar un diagnóstico de depresión o personalidad limítrofe, sólo oculta las raíces socioculturales del problema, evitando profundizar en las causas de esos síntomas.
Mito: El número de mujeres que maltratan a sus parejas y el de las madres que maltratan a sus hijos e hijas es prácticamente igual que la cantidad de padres y esposos abusivos.
Realidad: Entre parejas, los daños más severos generalmente provienen de hombres abusadores. Cuando la mujer es violenta, generalmente se trata de un acto de autodefensa y, por lo común, tiene pocas consecuencias o éstas son menos graves para el hombre.
Otra realidad: Cuando las mujeres recurren a la violencia, sus compañeros reaccionan con más violencia e inclusive asesinando.
Otra realidad: Respecto a los hijos y las hijas, el dato no es preciso si se considera que las madres generalmente pasan más tiempo con ellos que los padres.
Mito: Las hijas de madres maltratadas siempre buscarán una pareja que las maltrate.
Realidad: Si bien es cierto que existen estudios que correlacionan en hecho de haber presenciado violencia entre los padres durante la niñez, con ser víctima de violencia, esto más bien podría explicar las razones por las que las mujeres permanecen en la relación de violencia y no el que “escojan” parejas abusivas. El abusador lo es por elección propia, no para “seguirle la corriente” a una víctima que lo escogió.
Mito: La violencia es un problema privado entre dos adultos y no tiene por qué hacerse pública.
Realidad: Las estadísticas presentadas sobre prevalencia, demuestran que la violencia doméstica es un problema extenso que tiene costos altos para toda la sociedad. Cuando hablamos de la violación de los derechos humanos de una víctima que posiblemente no sepa cómo escapar del problema y que además puede estar en peligro, el problema se vuelve responsabilidad de todos.
Mito: Las mujeres están seguras en el hogar. Corren más riesgos de violencia con los extraños o fuera de casa.
Realidad: Contrariamente a la visión de la familia como un refugio de apoyo y amor, las niñas y las mujeres corren más riesgo de violencia en sus propias casas y de parte de alguna persona que conocen.
Mito: La violencia es un mal de las mujeres marginadas.
Realidad: Aunque algunas investigaciones sugieren que la violencia doméstica es más común en familias de bajos recursos económicos, otras sugieren de manera consistente que la violencia se da en todos los estratos socioeconómicos y educativos. Se debe tener en cuenta que los datos de prevalencia provienen en su mayoría de organismos públicos, donde acuden más mujeres de escasos recursos económicos, razón por la cual se generaliza la información.
Mito: Los hombres violentos sufren de enfermedades mentales.
Realidad: Contrariamente a la opinión general, la mayoría de los hombres violentos no tiene trastorno mental alguno. Las investigaciones de Maiuro (1988, en Heise et al., 1994), sobre hombres abusivos indican que son pocos los que tienen alguna psicopatología diagnosticada; y entre los que sí la tienen, no hay un patrón que demuestre que es la misma patología para todos. La mayoría de los hombres violentos ejercen lo que creen es su derecho natural de dominio de las mujeres.
Mito: El abuso psicológico/emocional no es tan dañino como el físico.
Realidad: Las personas que trabajan con víctimas de violencia doméstica reportan que las mujeres frecuentemente sienten que el abuso psicológico y la humillación son más devastadores que los ataques físicos. Heise (1994) reporta que en una investigación realizada en Irlanda, ante la pregunta, “¿qué fue lo peor de la experiencia de violencia física?”, las mujeres contestaron en este orden de prioridad: 1) la tortura mental, 2) vivir con miedo y aterrorizada, 3) la violencia física en sí, 4) la depresión o pérdida de confianza y 5) sus efectos en los hijos e hijas.
Mito: El alcohol y la droga hacen que los hombres golpeen a sus mujeres.
Realidad: Es común que tanto hombres como mujeres le adjudiquen la responsabilidad de la violencia al alcohol o las drogas, en un intento de disculpar una conducta que de otra manera no sería tolerable. El efecto desinhibidor del alcohol puede exacerbar o empeorar la violencia doméstica si es que ya existe, pero no es un causante per se, ya que muchos hombres que toman no son violentos. Es por eso que los tratamientos para hombres alcohólicos pueden reducir la frecuencia y severidad de la violencia, pero raramente resuelven este problema por completo.
Mito: La mayoría de las mujeres maltratadas nunca dejan a sus agresores.
Realidad: Lo que ocurre, sobre todo en países en vías de desarrollo, es que muchas mujeres cuentan con pocos recursos económicos y tienen varios hijos e hijas, por lo que les cuesta más tomar la decisión de abandonar la relación. Por otro lado, tienen la esperanza de que el hombre cambie y con frecuencia creen en sus promesas de que no reincidirá en las agresiones.
Mito: Las mujeres maltratadas que abandonan a su agresor después buscan a otra pareja que las maltrate.
Realidad: Según los datos de prevalencia, es muy probable que una mujer sufra violencia por parte de una pareja alguna vez en su vida, pero las mujeres que logran escaparse de tal relación, frecuentemente evitan relaciones a futuro con el sexo opuesto.
Mito: El que la víctima abandone al agresor, garantiza que la violencia llegue a su fin.
Realidad: Existen estudios que demuestran que la separación del agresor puede provocar más violencia y hasta la muerte de la mujer.
Mito: A las mujeres maltratadas les debe gustar el maltrato o de lo contrario abandonarían a su pareja.
Realidad: Existen múltiples razones de índole emocional, social y económica por las que una mujer no abandona a su agresor. Además, los sentimientos de culpa y vergüenza frecuentemente le impiden pedir ayuda, lo que de ninguna manera significa que le guste la violencia.
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